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Tengo 19 años y soy
gay. No es el momento de contaros cómo lo descubrí, aunque entiendo
(nunca mejor dicho) que todos los que leáis esto tendréis una
experiencia similar.
Hoy os quiero contar
una excitante (al menos para mí lo fue) experiencia que tuve a
principios de este año. Estábamos en Enero, y llovía. Había ido al cine
con un amigo (sólo amigo, no sabía, por aquel entonces que yo quería ser
"algo más"), pero éste me había dado plantón, porque lo había llamado
una chica... ¡Qué lejos estaba de imaginar cómo iba a terminar en
cuestión de sexo!
El caso es que entré
finalmente en el cine, harto de esperar a mi amigo. Casi al entrar me dí
de bruces con un chico algo mayor que yo, de unos 22 años, y,
fortuitamente (de verdad, palabrita), le golpeé con la mano en el
paquete. Me pareció como si estuviera hinchado, y no pude dejar de
mirarlo con admiración. Él se dio cuenta de mi mirada a sus partes bajas
e hizo una mueca como de media sonrisa. Pero acto seguido echó la mano
hacia atrás y cogió la de una chica, que supuse era su novia o
pareja.¡Qué desilusión! En fin, al menos esperaba ver una buena
película.
Me dirigí a mi sitio y
me senté. El cine estaba casi lleno, pero como yo iba solo encontré
butaca con facilidad. A mi lado quedaban dos, casi las únicas de todo el
local. Al momento llegó una pareja, y cuál no sería mi sorpresa cuando
resultó que era el chico del paquete enorme y su novia...
Tragué saliva; tomaron
asiento, él al lado mía, su chica al otro extremo de las tres butacas.
Como al desgaire, el chico me dirigió una mirada que yo no supe
interpretar. ¿Qué me quería decir, si es que me quería decir algo? Yo
estaba más nervioso de lo que hubiera podido imaginar.
Se apagaron las luces y
comenzaron los comerciales. Él tenía sobre el regazo la gabardina que se
había quitado al entrar en el cine. Estábamos en una fila lateral de
sólo tres butacas, ella la primera junto al pasillo, el chico enmedio y
yo en la tercera, junto a la pared. Las butacas eran altas y cómodas.
Cuando comenzaron los títulos de crédito de la película casi se me sale
el corazón por la boca, y no fue por nada que apareciera en la
pantalla... el chico, por debajo de la gabardina, me había cogido la
mano izquierda. Yo no sabía que hacer, nunca me había visto en una
situación así. Con suavidad pero firmeza, el chico llevó mi mano hasta
su bragueta. Era como una montaña, un Everest pronto a convertirse en un
Etna. Pero la situación era sumamemente extraña y peligrosa, con la
chica a apenas medio metro de donde se cocía todo esto. El chico se bajó
la cremallera del pantalón, todo ello siempre bajo la gabardina,
mientras con la otra mano sujetaba la de su amiga. Metió mi mano en
aquella gloriosa madriguera, y a través del agujero del slip llegué
hasta un tumultuoso montón de carne en erupción, un formidable nabo para
el que el slip se había quedado evidentemente minúsculo. Toqué con los
dedos de mi ansiosa aunque angustiada mano la punta de aquel instrumento
paradisíaco y noté que todo el glande estaba húmedo y rezumante de
líquido. Estaba esperándome. Pero, ¿cómo?
Él liberó el botón del
pantalón, por debajo de la gabardina siempre, y pude, con cuidado,
extraer aquella gloriosa maravilla al aire, aunque oculta por la
cautelosa prenda contra la lluvia. Me miró el chico un momento y señaló,
con una sonrisa, hacia donde estaba apuntando al cielo aquel nabo
extraordinario. Yo le hice una seña hacia la chica, que miraba
arrebolada a la pantalla, pero él negó con la cabeza, como diciendo, "no
te preocupes". Inmediatamente se volvió hacia ella y comenzó a besarla
en la boca; al mismo tiempo levantó la gabardina un poco, lo suficiente
para que yo introdujera por debajo la cabeza. Me encontré, en efecto,
con un descomunal aparato, vibrante y expectante, deseoso de ser
engullido. El glande era enorme, pero me lo metí en la boca con
delectación. Poco a poco, con trabajo pero también con sumo placer, fui
lamiendo los laterales de la polla, avanzando hacia la zona de los
huevos. Me costó un gran esfuerzo, pero conseguí que aquellos no menos
de 24 centímetros de polla me entraran en la boca. Cuando rocé con mi
nariz los vellos púbicos y con el labio inferior el dulce escroto, supe
que había llegado al máximo. El glande debía estar, a estas alturas,
prácticamente embocando la laringe, una vez traspasada la campanilla
(menos mal que yo era capaz "tragar" lo que me echaran). Como si esa
fuera la señal del clímax, el chico se corrió con una fuerza inusitada.
No sentí la leche en mi boca, porque el ojete de aquel nabo gigantesco
estaba ya próximo al esofago. Pero note correr algo (mucho, mejor dicho)
por las entrañas, como fuego líquido. Me saqué un poco la polla, para
poder saborear la leche: exquisita, un paraíso licuescente en el que me
regodeé hasta que no quedó ni una gota. Sentí unos golpecitos sobre la
cabeza y, con pesar, me retiré hasta mi butaca. Me notaba un reguero de
leche por la comisura de los labios, que me lamí con regusto. Para mi
sorpresa, el beso de tornillo del chico aún duraba. Entonces la soltó y
la chica puso ojos como de "qué macho". Ejem...
Pero yo estaba a punto
de estallar, así que me levanté y me fui a los servicios. Entré y me
encerré en una de las cabinas de los W.C., dispuesto a hacerme una paja
de campeonato, cuando alguien tocó en la puerta. Abrí, con cierto miedo,
y era el chico, con una sonrisa de oreja a oreja.
--No quiero dejarte
así, hombre, después de lo que me has hecho.
Y, ni corto ni
perezoso, se arrodilló ante mí, me abrió la bragueta, me bajó los
pantalones y se zampó mis 18 centímetros en menos que salta un gallo.
Chupaba la polla con una experiencia que delataba que su relación con la
chica no era precisamente el amor de su vida. La tragaba con gusto y
placer, la rechupeteaba a todo lo largo, daba mordisquitos en los huevos
y se detenía en el ojete del glande... ¡Qué maravilla! Yo estaba para
estallar y le puse las manos en la cabeza para retirársela, pero él se
mantuvo firme y recibió en su boca toda mi carga, que era mucha porque
la tensión erótica había sido tremenda. Tragó con auténtica gula,
limpiando el glande con una lengua deliciosamente sensual, hasta dejarme
como si no me la hubieran chupado a placer. Después nos besamos e
intercambiamos en la boca el resto de los jugos paradisíacos que nos
habíamos bebido. |